Siroco, Sharav y Jamsín

 Cuando en el Oriente Medio se acerca o se aleja el estío –primavera u otoño en el hemisferio boreal- Jerusalén (como tantas otras plazas de la región) es azotada unas cincuenta veces por el viento ardiente.

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 Popularmente, a este fenomeno climatológico se le llama “jamsín”, que en árabe significa cincuenta, en referencia a su frecuencia pero, según el filólogo Jaim Blank, hace más  referencia a los cincuenta días que median entre la Pascua de los coptos y Shavuot.  Se popularizó en hebreo por obra y gracia de los militares británicos, que lo trajeron consigo desde Egipto en los tiempos de Lawrence de Arabia y el Mandato Británico sobre lo que luego sería oficialmente Israel.  La palabra hebrea que designa el mismo concepto es “sharav”, que aparece en el Tanáj (Isaías) y su raíz aparece en casi todas las lenguas semíticas.

 La ardiente borrachera de calor  austral que gira como un torbellino -sobre su propio eje-  vomita arena y lumbre a cientos de kms. de distancia. Tal es el poder de este viento -como decía Lawrence Durrell en uno de los tomos del “Cuarteto de Alejandría” – que al día siguiente puedes encontrar un grano de arena obstruyendo la punta de una pluma guardada en un estuche que a su vez estuviera dentro de un armario,  en una habitación con puerta y ventana cerradas.

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El Sharav, a  veces puede ser tan intenso que cuando despiertas y abres tu ventana lo que te espera es una densísima niebla oriental del color de la cúrcuma y la canela; lo único que ves es un círculo de color azul fosforescente en medio de donde adivinas está el cielo, como una fantasía de ciencia ficción, que sólo puede ser el Sol, riéndose de cómo huye –despavorida-  hasta la más última gota de humedad.

 Jaim Blank, además de dar con la explicación más lógica del uso coloquial de una palabra del árabe egipcio en el hebreo moderno, nos cuenta también que en la lengua de árabes de Judea y Samaria no existe una palabra para el viento que viene, como Moisés, de Egipto, peo sí para el que viene de Oriente, sarkiya, de donde pasa al italiano con la conocida forma de las lenguas neolatinas, siroco. En hebreo, a este viento se le llama Ruaj Kadím,  de kédem, anterior, principio, en referencia a su origen mesopotámico.

 Las grandes y largas noches con la  perturbadora presencia del viento encendido en las noches de luna plena y pluma llena, con el gaznate reseco y los párpados mojados (no por pena sino por parpadeo necesario ante la sequedad del aire ) con la hermosa piedra de Jerusalén bañada en una nebulosa de café con leche  oriental.

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